Cuando tenía dieciséis años, me hice un tatuaje en la pierna. Un ángel parecido al chuavechito de Vívere. Lo llamé Nicolás Mitzrael. Siempre me gustaron los ángeles y sentía que el mio se llamaba Nicolás y de segundo nombre Mitzrael porque es el nombre del ángel de Sagitario.
Poco tiempo después, una noche que salí a bailar con mis amigas, yo estaba aburrida (nunca me gustó bailar e ir a boliches) se me sentó un hombre al lado. Él tenía 28 años y nos pusimos a charlar. Ninguno estaba intentando levantarse al otro. A ninguno le interesaba. Simplemente queríamos charlar de la vida, de los secretos, de los dolores y las alegrías. Hablamos toda la noche y sentíamos que eramos amigos desde siempre. Él se llamaba Nicolás y yo le mostré que lo tenía tatuado en mi piel.
Unos meses más tarde me llamó a mi casa. Se quería despedir. Nicolás era médico y se iba a Neuquén a ayudar a necesitados (¡o algo así!).
Nos escribimos un par de mails y seguíamos cada uno con nuestra vida. Sólo nos habíamos visto una vez, sólo habíamos hablado por teléfono una vez y sin embargo nos guardábamos un gran afecto.
Dos años más tarde.
Accidente.
Hospital.
Salí del baño y mi mamá estaba con una gran sonrisa. Había un hombre junto a ella. Era Nicolás. Hacía unas semanas que había vuelto y estaba trabajando en el San José. Vio mi nombre en unos registros. Me vino a visitar... las vueltas de la vida.
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