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Cozzida.-

jueves, 10 de julio de 2008

75

Sábado.

Nueve de la mañana Nicolás entraba a trabajar en el cyber de su mamá. Su turno terminaba a las seis de la tarde y conociendo el funcionamiento del lugar (ya que trabajé varios meses ahí), Nicolás tendría la oportunidad de llamarme, de explicarme, de sacarme tan horrible sensación.

El día fue eterno, tan eterno como los que seguirían.

A las cuatro de la tarde decidí terminar con la matanza de cada segundo. No quería seguir esperando.

- ¿Hooolaa? - Su inconfundible voz.
- Hola -, yo.
- Hola - , él.

- ¿Qué tal? -
- Aburrido, ¿vos? -
- Aca ando -

- Te fuiste ayer -
- Si, me agarró sueño. ¿Cómo estuvo? -
- Un embole como siempre -

- Pensé que me ibas a llamar -
- Y si querías hablar, ¿por qué no me llamaste vos? - riéndose.
- No se... supuse que me ibas a llamar, que se yo. -
- Si, supongo que te hubiese llamado cuando saliera de aca. -
- ¿Hacemos algo hoy? - pregunté mientras evaluaba lo patético que sonó mi pregunta.
- Voy a estudiar y mañana me voy temprano para Capital así que nos vemos cuando vuelva el martes a la noche o sino el miércoles.

Esa respuesta me hizo sentir más patética que mi pregunta. Más profundo, esa respuesta me había condenado a 75 horas de preguntas, remordimientos, miedos, llantos, ilusiones, esperanzas, desentendimiento, ansiedad y eternidad. ¿Por qué me hacía esto?, ¿Qué no se da cuenta todo lo que yo hice para que él no estuviese mal por su error?

Las 75 horas fueron tal cual las había pronosticado... 75 golpes, 75 suspiros, 75 opresiones en el pecho, 75 ganas de gritar, 75 lágrimas, 75 posibilidades, 75 puñaladas, 75 litros de sangre, 75.

Pero terminaron, finalmente terminaron y ya era martes y ya eran las ocho de la noche y yo estaba en la puerta del cyber, esperando a que la combi devolvería a Nicolás a su pueblo y a mi, o mejor dicho, a lo que quedaba de mi.

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