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Cozzida.-

jueves, 17 de julio de 2008

Duelo

El lunes a la tarde fui al cyber de los chicos. Estaba atendiendo Gabriel.

Ni bien entré me miró con cara de: "Cualquiera lo tuyo..."

Evidentemente sabía, pero sabía porque el también iba en el auto de Nicolás así como su hermano Fred y Daniel.

- ¿Tenes algo para decir, gordito? -
- Sos una desubicada. Cualquiera... O sea, inconsciente. Nosotros nos quedamos preocupados, mirá si ese flaco te hacía algo malo. No es ningún santo... ¡Tas pirada vos!-

De repente el chico que me había hecho sentir linda, o segura, o menos patética y que se había tomado la molestia de ocupar toda su salida del viernes en hacerme reír y verme bien y cincuenta cosas más se había convertido en una especie de asesino serial.
¡Qué ironía! Si el que me había hecho algo malo no era justamente el boxeador...

- Vos seguí con ese tipo y vas a aparecer en una zanja. -
- Ya aparecí en un desagüe. Chau, gordo tránfuga, me voy a casa. -

Él se llamaba Esteban, tenía en ese entonces 28 años. Vivía en mi pueblo en lo de su mamá con la que no se llevaba bien. Su papá estaba en Mar del Plata y tenía una enfermedad (nunca supe cual) hace varios años y cada vez estaba peor... una agonía realmente.
Más allá de algunos besos que poco significaron en el transcurso de mi duelo, Esteban, a través de sus relatos, me hechizó con historias de su vida que nada tenían que ver con la mía.
Eramos todo el agua y todo el aceite de la tierra, quizás eso hizo tan emocionante los encuentros donde charlabamos horas aunque, en realidad, yo tan sólo me ponía en el papel de oyente, como una nena a la que le contaban un cuento.

Cuando estuvo en Mar del Plata comenzó a boxear en peso ligero ya que era una larva, tenía aros y tatuajes por todos lados, me mostró la cicatriz que tenía de una vez que lo habían acuchillado y me contó como se fue, sin un peso, desde Buenos Aires hasta Córdoba (creo) para ver a los Redonditos de Ricota. Todos sus relatos estaban enriquecidos por sus sentimientos. Él, realmente tenía sentimientos. Una persona increíble.

Un día charlando me dijo que en Navidad se iba a suicidar. Me sentí decepcionada:

- El suicidio es para los débiles. -
- Yo ya lo decidí. -

Esa Navidad me lo encontré en el pub.

- ¿No te suicidabas hoy? -
Me sonrió.

Con el tiempo nos dejamos inclusive de saludar, pero siempre está presente la mirada cómplice de ambos.
No me molesta.
Lo supe desde el principio; en el duelo de mi accidente y de Nicolás, pasaría mucha gente sólo para ayudarme y luego seguirían sus caminos. La lista es amplia; Esteban es tan solo el primero.

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