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Cozzida.-

jueves, 31 de julio de 2008

El Día Que Moví Por Primera Vez La Mano

Todos los días, en la estación Pueyrredón miraba detenidamente a Isabel.
Era, físicamente, muy parecida a mi abuela; canosa, ojos celestes muy claros, muy abrigada, sentada en su banquito, cabeza agachada y con la palma de la mano hacia arriba.
Muchas personas se conmovían de ella. Cuando le daban dinero, levantaba la cabeza, sonreía y agradecía.
Las primeras veces que la vi, yo aceleraba mi marcha. Me hacía mal, me daba ganas de llorar, no podía soportarlo. Era tan linda y tan mayor, ¿por qué estaba mendigando?. Sentía impotencia, bronca al sistema. Quería gritar.
Después, quizás más acostumbrada, empecé a darle monedas como una ciudadana más. Cuando compraba mi boleto de subte, me ocupaba de que me quede una moneda de cincuenta o de un peso para dejarle.

Ese día fue distinto. Viajando de Escobar hacia Capital, mirándome la mano, comencé a mover muy poquito la muñeca de arriba hacia abajo. Estaba emocionada y estaba asustada. Decidí no llamar a mis papás hasta verme con Lieti. Cuando llegué a Pueyrredón era mediodía e Isabel no se encontraba nunca a esa hora.
Llegué al consultorio.

- Mirá, Lieti.-
Le mostré el leve movimiento. Sonrió aliviado.
- Estás recuperando la mano. -

Hacía varios meses que iba a kinesiología y no obtenía resultados. El proceso era lento y la ilusiones de los demás pocas (yo realmente no sabía que podría no volver a mover la mano, para mi siempre fue algo transitorio), pero ese día, el día que moví un poquititito la mano fue fundamental y cambió la historia. A la semana me dejaron sacarme la férula del brazo y a las tres semanas mi mano estaba casi perfecta.

El día que moví por primera vez la mano, salí tan contenta del consultorio que, cuando me crucé con una señora que vendía rosas, no lo dudé y compré una.

Bajé en la estación de subte y ahí estaba Isabel, le di un billete de dos pesos, me agradeció, le acerqué la flor y le dije:

- Es para usted. -
Me miró sorprendida y me dijo:
- Pero yo necesito plata. -
- Y yo le dí plata, pero también le regalé una rosa, ¿no le gusta? -
- Me encanta. Muchisimas Gracias.-

Nos quedamos charlando. Nos presentamos; Denise e Isabel. Me contó que vivía de prestado en la casa de una señora que le cedió el cuarto de un hijo fallecido, me dijo que nació en el campo, que tenía 92 años, que su marido falleció hace más de dos décadas, que la plata de la jubilación se la gasta en remedios y que con lo que saca del subte se compra para comer y vivir.

El día que moví por primera vez la mano fue también el día que decidí acercame a Isabel y comenzar nuestra propia amistad.

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