Llegué al consultorio de kinesiología. Sabía que hoy, finalmente, volvía Lieti de Estados Unidos y que me iba a ver el brazo.
Me saludó muy afectivamente y no pude evitar ver su preocupación cuando vio mi mano muerta. Me escribió en una receta el nombre de otra (dije ¡otra!) férula que tendría que usar en la mano sumada al mamotreto que ya usaba para el brazo.
Entré en uno de los cuartos que tenía la cama magnética que me ayudaba a seguir reforzando la callosidad. Me pusieron el electro estimulador que son dos parches sobre el brazo que me daban electrochoques para que me reavive la sensibilidad. Después, con el gel que se usa para las ecografías de las embarazadas Victoria me pasó el ultrasonido en todo el brazo pero sobre todo arriba de la cicatriz. Este proceso era el que hacía en todas las sesiones, durante los veinte minutos de tratamiento tomaba mi siesta ritual y, no me quejaba, ya que no había ningún dolor importante, pero ahora, ahora se sumaban dos nuevas secciones: la pulseada y la tortura.
Entró Lieti, con su cara de nene adulto bueno, con su pequeña estatura y con la ternura de sus palabras y me agarró el brazo y casi me muero.
La pulseada era de todas las maneras posibles. Me sostenía con fuerza el brazo hacia arriba y yo tenía que bajarlo. Hacia el costado y yo tenía que cerrarlo. Hacia abajo y yo tenía que levantarlo. Nunca había tenido que hacer tanta fuerza en mi vida. Después la mano. Él me decía: Subila y la mano muerta. Bajala y la mano muerta. Mové los dedos y la mano muerta.
Me agarró la mano; dedo gordo con índice apretados. – Separalos – Mano muerta. Con el dedo largo, con el índice con el meñique. – Separalos – Mano muerta.
Y luego, la tortura: Si existe la creencia social de lo estimulante que es que a alguien le hagan masajes, éste, definitivamente, no es el caso. Gritaba, lloraba, suplicaba, me enojaba, insultaba, mariconeaba, pucheriaba… todos mis recursos, los que me habían hecho conseguir todo lo que quería en la vida me estaban fallando. Mientras Lieti, yo creo que poseído por Mefistófeles, me masajeaba el brazo de la manera más dolorosa del mundo y, a la vez me pedía disculpas, que es para que te mejores, que este es el último, un segundito más…
La sesión había terminado. Ya estaba afuera del edificio del consultorio. Estaba totalmente despeinada y estaba boluda, había quedado boluda… no sabía ni a donde tenía que ir.
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Cozzida.-
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