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Cozzida.-

martes, 29 de julio de 2008

Volver A Nicolás

Llamé a Gabriel y le pregunté si salía, si iba a hacer algo.
Me dijo que lo mismo de siempre y que vaya.
Estábamos los cuatro y un par más de personas, tomando en otro pub y con Nicolás parecía que todo estaba bien, que yo estaba bien, que no existía ninguna historia de un accidente que había sucedido cuatro meses atras, ¿Qué accidente?. Miradas, frases provocativas, peleas irónicas, risas y bandos.
Tomamos mucha cerveza, nos paseamos por distintos pasanoches del pueblo y, borrachos los dos, terminamos besándonos. Nos fuimos a su casa. Más tarde, me dejó en la mía.

Me dormí con una reserva ecológica en la panza. Una sonrisa que delataba hasta la muela más oculta, pero desperté triste, porque tenía la ilusión de que me llame, de que lo de la noche anterior lo hubiese hecho entrar en razón, de que entienda que yo lo quería así; con sus virtudes y sus errores, que yo quería ayudarlo, que yo sabía que el sufría por muchas cosas de su vida y que yo sabía que podía realmente hacerlo sentir bien, querido, valorado... Feliz. Solo necesitaba que se deje ayudar, que me deje darle todo el amor que le guardaba. Y junto a toda esa ilusión, la desilusión de saber que eso no pasaría. Si había algo que tenía totalmente en claro, era que no me iba a llamar. Y, por supuesto, no lo hizo.

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