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Cozzida.-

viernes, 1 de agosto de 2008

Normal

- ¿Puedo dejar de usar la férula de la mano? -
- Si, ya no te hace falta.-

Me sentí una persona más, me sentí argentina, me sentí ciudadana, me sentí adulta, me sentí normal.

Hoy ya no tendría que explicarle a las mujeres preguntonas que viajaban en subte conmigo el porqué de las férulas. Hoy ya no tendría que sentir impotencia cuando no me daban el asiento, porque ya nadie tendría porqué dármelo. Hoy ya no tendría que pedir que me corten la comida o que me abran un cierre. Hoy no tendría que ver a personas mirándome de reojo o nenes diciendo: "¿Qué tiene esa nena, papá?".

Todo estaba volviendo a la normalidad.

Todavía me faltaba terminar de recuperar la sensibilidad del brazo y la de la rodilla así que mi rutina kinesiológica continuaba, pero ya era distinto. Ya no me iban a mirar los demás pacientes en la sala de espera tratando de adivinar que me había pasado. Todo iba a ser más normal.

Cuando le mostré mi mano viva a Nicolás, más que una cara de felicidad, le noté cara de aliviado. Lo entendí como algo lógico. Pensé, muy al pasar, que quizás, ahora que me empezaba a considerar normal, él pudiera querer volver conmigo. Pero, como dije, fue muy al pasar... Nicolás me había curado de ilusiones... utópicas.

Mi familia también se paseaba por la vida con aires ligeros, tranquilos, brisas aliviadas.

Sólo cuando me convertí en alguien normal, todos comenzaron a hacer catarsis. Cómo si todos estos meses se hubiesen contenido el vómito. Nadie, realmente nadie, pensó que volvería a mover la mano. Todos se quedaron sorprendidos. Nadie entendía nada.

Para esta altura, el consultorio de kinesiología era una especie de segundo hogar.

Yo llegaba, besaba a todos los kinesiólogos, hacía chistes, ponía cara de perrito triste cuando tardaban en atenderme, charlaba de todo con Victoria, ella me contaba sus dramas y alegrías, dormía, roncaba, discutía. Todo.

Pero con Lieti...

Al principio cuando él me atendía, mi actitud era lo más parecido al de una persona en estado vegetativo. Pero, como él me producía dolor, llegó un momento donde no aguanté más el protocolo y decidí que si me iba a hacer doler, yo iba a decidir la cantidad y la calidad.

Así comenzaron nuestras peleas; yo gritaba, insultaba, le sacaba el brazo, me salía de la camilla, lo echaba, le lloraba, le decía muerta de dolor que ahí no me dolía para que cambie el lugar de tortura y hasta le hacía chistes para que tenga piedad de mi.

También llevaba invitados. A veces me acompañaba mi hermano quien también hacía su show de chistes, una vez vino Facundo, un compañero de la facultad y mientras yo reposaba con el electroestimulante, practicábamos en voz alta para el parcial de historia que teníamos en un par de horas.

Me movía como quería y me querían como quería. Poder haber construido un mundo amigable y amado en un espacio destinado al dolor fue, posiblemente, la magia que colaboró en mi recuperación y en el poder seguir adelante con mi vida.

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