- Hola. ¿De donde son?
Hablaron las mujeres: de Puerto Rico, de Estados Unidos, de Panamá.
- Yo soy de Venezuela – dijo él.
Observé la situación. Tal vez no era necesario que salga corriendo. Tal vez, en el fondo, esos pobres extranjeros necesitaban de mí. Desolados, recién llegados a una tierra desconocida… yo… yo no podía dejarlos a la deriva, yo debía cumplir con mi deber moral como ciudadana que soy.
- Bueno, antes que nada les quiero dar una grata, muy pero muy grata bienvenida. En representación de todos los argentinos espero que su estancia aquí sea de lo más placentera. – A la vez que iba pronunciando estas palabras me iba sintiendo una pelotuda. O sea, “grata, muy pero muy grata”, “en representación de todos los argentinos”, “estancia”, “aquí”… ¡pobre gente!
Y mientras brotaba la bandera argentina desde el fondo de mi corazón, el venezolano, colorado, no sabía que más hacer para no cagarse de risa. Eso me incomodó, me molestó, me intrigó, me avergonzó. Por ende, muy irónica, pregunté:
- ¿Qué te causa tanta gracia? –
- Boluda, soy argentino – Explotó en risas.
Las tres extranjeras estaban coloradas.
Quizás, ex – venezuela pensaba que me iba a reír y decir “¡Hay! ¡Que tonto!” o que me iba a poner como un tomate o que iba a salir corriendo llorando de la vergüenza. Sin embargo, como la noche ya había sido lo suficientemente jodida para malhumorarme, miré a las extranjeras y dije:
- ¿Ven chicas? Este es un perfecto ejemplar del famoso porteño pelotudo –
Todos rieron. Inclusive él.
- No, boluda no te enojes, era una joda… No era para que te calientes –
- No, si yo estoy bárbara… A mi todo me importa nada –
- Bueno, genial… perdoname. Me llamo Esteban.-
- Denise -
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Cozzida.-
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